Parroquia de San Sebastián - Sevilla

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LIBRO 1º. TEMA VI

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LA RESPUESTA DEL HOMBRE AL ANUNCIO DEL EVANGELIO: LA FE Y LA CONVERSIÓN[1]

 

Desde el punto de vista humano, tener fe es creer en algo o alguien, confiar en él, es reconocer el valor positivo que aquello tiene para la vida. Según este criterio, todas las personas tienen fe, creen en algo.

Desde el punto de vista cristiano, la fe es la respuesta a Dios que se revela en Jesucristo. Así pues, la fe implica muchos aspectos: conocimiento de la salvación que nos trae Cristo, confianza en la palabra de Dios, nuestra obediencia y entrega personal, comunión de vida con Cristo en espera de unirnos a Él plenamente tras la muerte, etc. “La fe cristiana es el sí integral del hombre a Dios que se revela y comunica como su salvador en Cristo”.[2]

 En el Antiguo Testamento creer es fiarse de Dios, de su promesa, de sus mandamientos. En el Nuevo Testamento creer significa aceptar el testimonio de Jesús y también unirse a la persona de Cristo resucitado, así como aceptar que la salvación es una gracia que Dios nos da, a la que, por supuesto, hay que acompañar con nuestra actitud responsable. En la Carta a los Hebreos se nos pone como ejemplo de fe a Abraham, que se somete en todo a la voluntad de Dios, obedeciéndole. El Catecismo de la Iglesia Católica nos propone a la Virgen María como modelo:

La Virgen María realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe. En la fe, María acogió el anuncio y la promesa que le traía el ángel Gabriel, creyendo que “nada es imposible para Dios” (Lc 1, 37) y dando su asentimiento: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Isabel la saludó diciendo: “¡Dichosa la que ha creído que se cumplirán las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc 1, 45). Por esta fe todas las generaciones la proclamarán bienaventurada”.[3]

Recibimos la fe de la Iglesia, que la alimenta y la sostiene. Creer es un acto personal, pero no aislado. La recibimos por los demás creyentes, por sus palabras y testimonios, así como por los escritos que nos la presentan y esclarecen. Nosotros, a su vez, debemos transmitirla a otros. La Iglesia, como comunidad de creyentes, es la primera que cree, y de esta forma alimenta y sostiene nuestra fe, de ahí que la llamemos “madre”.

Esta fe que recibimos es única, pese a que la iglesia la viene transmitiendo desde hace muchos siglos, en muchas lenguas y culturas. Su contenido es inalterable.

Una vez que nos hemos adherido plena y sinceramente a Cristo por medio de la fe, el paso siguiente es la conversión, que es obra del Espíritu Santo en nosotros y de nuestra libertad personal. Esta conversión es un proceso que dura toda la vida.

Este proceso lleva consigo transformarnos según los valores evangélicos: “cambio progresivo de nuestros pensamientos y criterios, de nuestros sentimientos y vivencias, de nuestros comportamientos y costumbres. En suma, de nuestro modo de pensar, de sentir, de actuar, de vivir. Y esto no sólo en las repercusiones personales e interiores, sino en las consecuencias sociales de nuestro modo de estar en el mundo: en la familia, en el trabajo, en la convivencia social y política”.[4]

Por último, no debemos olvidar que todos los hombres tienen derecho e escuchar la Buena Noticia del Evangelio para alcanzar la plenitud de vida que nos trae Jesucristo.

 

Reflexión personal.-

1.- VER: MIRADA CREYENTE.

 Cristiano no es el que nunca ha pecado, sino el que experimenta la misericordia de Dios “que no ha venido a llamar a los justos sino a los pecadores, para que se conviertan” (Lc 5, 32).

Piensa en un hecho en el que aparezca cómo la misericordia y el perdón constituyen una experiencia humana y liberadora para quien los ofrece y para quien los recibe. ¿Qué experiencia tienes tú de perdonar y ser perdonado?

2.- JUZGAR: REFLEXIÓN CREYENTE.

Lee la parábola del hijo pródigo en el Evangelio de San Lucas 15, 11-32. ¿Qué enseñanzas tiene la experiencia del hijo pródigo para tu vida?

3.-ACTUAR: COMPROMISO CREYENTE.

¿Qué plan general te trazas para disponerte mejor a acoger con gratitud el amor de Dios en tu vida mediante una conversión permanente al Evangelio? Fíjate algún compromiso concreto y realista para implicarte más y mejor en tu proceso de conversión.

Al igual que en los temas anteriores, sería conveniente que te dirigieras sencillamente a Dios expresándole lo que has sentido al reflexionar sobre este tema.

 

 



[1] Resumen del Tema VI del tomo 1 del Itinerario de Formación Cristiana para Adultos.

[2] Tema VI, pág. 171

[3] CCE 148

[4] Tema VI, pág. 177

 

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